La iniciativa, impulsada por la Secretaría Académica del Rectorado, propone orientar a toda la comunidad universitaria (docentes, estudiantes, investigadores/as y personal nodocente) en el uso responsable de herramientas que ya forman parte de la vida cotidiana en los procesos de enseñanza, aprendizaje, investigación y gestión.
El documento establece que la inteligencia artificial generativa posee un alto potencial para transformar la educación superior, al permitir la personalización de trayectorias, la diversificación de recursos y la optimización de tareas. Sin embargo, también advierte sobre riesgos asociados, como la reproducción de sesgos, la generación de información errónea, la vulneración de la autoría intelectual o la exposición de datos sensibles.
En este sentido, la UNCUYO define ocho principios fundamentales que orientan su implementación, entre ellos: la autoría responsable, la transparencia en el uso de las herramientas, la verificación de la información, la protección de datos personales, la supervisión humana en decisiones críticas, y la promoción de un uso inclusivo, accesible y ambientalmente sostenible.
¿Qué usos habilita y cómo deben aplicarse?
Uno de los aportes centrales de la guía es que no se limita a definir principios generales, sino que establece criterios concretos de uso según niveles de riesgo, con ejemplos aplicables a la vida universitaria.
En el nivel más básico, la inteligencia artificial puede utilizarse para tareas cotidianas como la corrección ortográfica y de estilo, la traducción automática, la generación de ideas preliminares, la organización de esquemas o el resumen de textos públicos. También se contempla su uso para estructurar apuntes o mejorar la redacción de materiales, siempre que no se involucren datos sensibles ni decisiones evaluativas.
En un nivel intermedio, la IAG puede emplearse como herramienta de apoyo en la elaboración de borradores de clases, consignas, rúbricas o informes académicos, así como en la redacción de documentos administrativos o la búsqueda asistida de bibliografía. En estos casos, la guía establece que es imprescindible una revisión humana crítica, ya que estos usos pueden incidir indirectamente en evaluaciones, publicaciones o decisiones institucionales.
El nivel más alto contempla situaciones de mayor sensibilidad, como el procesamiento de datos personales, la automatización de decisiones académicas o el uso de IA en evaluaciones. En estos casos, la normativa es clara: se requiere validación humana obligatoria, declaración explícita del uso de la herramienta y cumplimiento estricto de los principios institucionales. Además, se desaconseja el uso de sistemas automatizados como único criterio para calificar o tomar decisiones que afecten trayectorias académicas.
La guía también establece ejemplos concretos por rol:
- Para docentes, la IA puede ser útil en la mejora de materiales didácticos o en la planificación, pero nunca debe reemplazar el criterio pedagógico.
- Para estudiantes, se promueve su uso como apoyo para estudiar (por ejemplo, para generar preguntas de examen o reorganizar contenidos), pero no como sustituto del proceso de aprendizaje ni en instancias evaluativas no autorizadas.
- En investigación, su uso debe ser estrictamente instrumental, sin delegar decisiones metodológicas o analíticas.
- Y por último en el ámbito administrativo, se habilita para optimizar tareas, siempre con revisión humana y resguardo de la información.
Otro aspecto clave es la obligación de transparentar el uso de la IA en producciones académicas o institucionales, indicando qué herramienta se utilizó, con qué finalidad y bajo qué tipo de intervención, reforzando así la trazabilidad y la integridad académica.
Algunos datos clave
Uno de los ejes centrales de la guía es la clasificación de los usos de la IAG en tres niveles (mínimo, medio y alto) según el impacto y el tipo de datos involucrados. En los casos de uso medio y alto, se establece la necesidad de revisión humana y, en situaciones de mayor riesgo, la obligatoriedad de declarar explícitamente el uso de estas herramientas, garantizando la trazabilidad y la integridad académica.
Además, la normativa prevé que cada unidad académica e instituto de la Universidad desarrolle planes propios de implementación, adaptados a las particularidades de cada disciplina. También se conformará un Grupo de Referentes Institucionales que tendrá a su cargo la actualización periódica de la guía, en función de los avances tecnológicos y las experiencias de uso.
Desde la Universidad destacan que este marco no busca restringir el uso de la inteligencia artificial, sino promover una apropiación consciente, informada y situada, que fortalezca el pensamiento crítico, la creatividad y la calidad académica.
Con esta iniciativa, la Universidad reafirma su compromiso con una educación pública de calidad, capaz de integrar tecnologías emergentes sin perder de vista los valores de equidad, transparencia y responsabilidad social.